El marqués disfrutón

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Toledo, en un día soleado, puede ser California o la campiña francesa. Es lo que tiene la naturaleza, que de vez en cuando ofrece un viaje sin que sea necesario levantar los pies del suelo. Carlos Falcó abre las puertas de su casa y bodega para ofrecer mesa, aceite, vino y mantel.

Ni un ruido. Sólo el zumbido de un perdido moscón que ha decidido pasar sus vacaciones en Malpica de Tajo, como un Quijote con alas que ya no ve molinos sino gigantes de piel rosada que beben buen vino. Se pasea sobrevolando las cabezas, aprovechando las corrientes que entran por las ventanas y se abrazan –de paso- a las voces de los interlocutores. Carlos Falcó sabe de lo que habla y no escatima en palabras. Es, entre otras cosas, Marqués de Griñón, presidente del Círculo Fortuny, ingeniero agrónomo, propietario de Pagos de Familia Marqués de Griñón, presidente de ECCIA (European Cultural and Creative Industries Allianze) y un anfitrión de edición limitada, como su vino (con Denominación de Origen Dominio de Valdepusa) o su aceite, ‘Oleum Artis’, que es el mejor del mundo. Sin ir más lejos, está a punto de lanzar su línea de cosméticos a partir del aceite: ‘Oleum Plus’. Carlos Falcó es un hombre de leyenda. Será por eso que su libro de cabecera es el Quijote: “Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”. El moscón se va a poner las botas.

¿Por qué el lujo está considerado como eso, como un lujo?

La palabra lujo tiene muchos significados. Tenemos pendiente, con la Real Academia Española (RAE), meter una definición más actualizada. Una vez, en un coloquio sobre esto, dije que el lujo es estar tomando aceite de oliva con tu hija, a la que hace tiempo que no ves. Eso, en el campo, es un lujo. Pero realmente lo que se quiere decir con el lujo es que es una especie de experiencia, algo emocional, que tiene alguna cosa única o irrepetible. En términos modernos, los anglosajones llaman ‘luxury’ al lujo; es una palabra que usan los ingleses y los franceses. Pero tanto los italianos como los alemanes y los españoles preferimos usar palabras como ‘alta gama’, como se dice en Italia, o utilizar la palabra ‘excelencia’, que es algo que nos gusta mucho, porque se asocia con el arte. Por eso tenemos socios como el Museo del Prado. Hay palabras que nos parecen claves para el sector: cultura y creatividad. ¿Por qué un chino viene a España (Europa) a comprar objetos o servicios? Porque considera que, de alguna manera, aquí hay una cultura antigua, una tradición artesanal, pero también mucha creatividad e innovación. El vino sería un buen ejemplo.

¿Qué es para usted la buena vida?

El concepto de buena vida –he escrito un libro con ese título (‘La buena vida’)- está relacionado con la calidad de vida, y en ella cuenta mucho la protección de la ecología, comer saludablemente, con calidad y con un nivel equilibrado de nutrientes; mantener y preservar la arquitectura, la cultura y el patrimonio histórico.

¿Una buena calidad de vida exige un nivel de vida alto?

No necesariamente. Yo pienso que en España hay regiones que no tienen una renta per cápita tan alta, como otras zonas europeas, pero tienen una buena calidad de vida. Pienso en Andalucía, que además cuenta con el factor del clima, la luz, el sol…

Entonces, ¿no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita?

Desde luego, “el que más tiene”, seguro que no es la buena definición. Y el que menos necesita sería mejor. Claramente.

Cuando usted estaba cerca de su abuelo Joaquín, ¿necesitaba algo más para ser feliz?

Cuando fui a visitar a mi abuelo, con 15 años, cambió mi vida; le dije que quería dedicarme al campo y estudiar agricultura en lugar de ser militar. En esa época estaba todavía en un colegio interno de Navarra y lo que quería era terminar aquí los estudios lo antes posible para irme fuera para aprender Ingeniería Agronómica. Entonces me fui a la Universidad de Louvain (Bélgica) y Davis (California).

¿Es verdad que en Bélgica se agarró su primera (y única) borrachera?

(Risas) Es verdad. Eran cosas de estudiantes. Hacían tonterías, como poner una fila de copas, licores… para ver quién llegaba hasta el final. Y participé.

Y ganó.

Gané, sí (risas). Pero en muy malas condiciones.

¿Qué se encontró cuando regresó a España?

Tuve muchas dificultades para plantar el viñedo de Cabernet porque no había forma de sacar un permiso. Además, quería traer tecnologías nuevas que estaban más o menos prohibidas. La actitud del Ministerio de Cultura era que no se hiciera más vino, porque había excedente. Y durante mucho tiempo después, la Unión Europea también estaba preocupada por los excedentes porque costaban dinero; tenían que destilar el vino de los excedentes (mucho era de cooperativas) y convertirlo en alcohol para venderlo, aunque se vendía a pérdida. Entonces, el Estado español se gastaba un dinero que luego repercutió en Europa. Por eso había esa visión tan negativa de plantar un viñedo. Nosotros tuvimos que arrancar una maravilla de viñedo de Graciano este año porque nos ponían multas de 15.000 euros todos los años por tener hectáreas de Graciano.

¿Quién va a la cárcel por hacer buen vino?

(Risas) Hace muchos años escribí en El País, en las páginas de opinión, un artículo titulado ‘In vino libertas’. Decía que el emperador Domiciano, mandó arrancar la mitad de los viñedos de España y de la Galia (Francia) porque había excedente de vino. Pero claro, quería proteger los viñedos de la península italiana, de la Roma Imperial. El decreto duró doscientos años, pero nunca se cumplió.

Su abuelo le entregó estas tierras y propiedades, y le dijo: “Te dejo la tierra con mejor suelo para vides y olivos para que puedas realizar tus sueños”.

Y lo cumplió. Yo tuve que cumplir mi parte, pero me costó bastantes años por la falta de permisos y al final tuve que plantar Garnacha. Y en lugar de injertarla, le injertamos unos brotes de Burdeos (Cabernet Sauvignon). Eso fue en el año 74 y ya no tuvimos que volverlo a hacer. Luego vinieron las autonomías, hubo mucho papeleo… y acabamos teniendo una Denominación de Origen, la primera de esta finca.

Vino, aceite, cosméticos… y más cosas que, seguro, me dejo. Entre tanta actividad, ¿a qué dedica el tiempo libre?

Vivo en el campo, aquí o en El Rincón. Paseo por el campo, disfruto mucho de la naturaleza… También viajo, porque tenemos los vinos y los aceites que exportamos por todo el mundo, pero hago otros viajes por placer, como a la India, por ejemplo. Aparte de eso, leo todo lo que puedo y disfruto de la conversación con las personas que tienen algo importante e interesante que decir. Eso es lo que me hace disfrutar la vida.

 

 

Fotografía: Jaime Partearroyo.