Ernest Hemingway en versión española

Acercarse a una historia a través de los que la contaron a pesar de no ser suya.

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Testigo de excepción de la primera mitad de la historia de España y enamorado de nuestro país, Ernest Hemingway retrató como nadie la esencia del carácter español en algunas de sus novelas donde puso más que su pluma.

Una literatura natural, vívida y de todo corazón de un hombre enamorado de España y de sus gentes y que aún hoy sigue siendo un guía excepcional para conocer nuestro país con los ojos de un extranjero.

Sólo entendiendo la inquietud vital de un joven periodista de Illinois se podría entender el interés de Hemingway más allá de sus fronteras. Una vida que daría para varias novelas, una en cada uno de los países en los que Hemingway puso parte de su corazón.

Italia durante la Primera Guerra Mundial o la Francia de entreguerras fueron sólo preámbulos de lo que acontecería a este fornido joven de las Grandes Llanuras fuera de Estados Unidos.

No sería sin embargo hasta 1923 cuando Hemingway cruzó por primera vez los Pirineos para ilustrar las fiestas de San Fermín para un medio canadiense. De él se esperaba que se mostrase una visión romántica al estilo del siglo diecinueve de España y sus tradiciones. Aún se contemplaba a España como una reserva clásica y ancestral del espíritu europeo.

Con lo que no contaban sus jefes es con que Hemingway quedara hechizado para siempre de la vida en España. Durante la década asistiría de manera regular todos los meses de julio a San Fermín y a la Feria de Valencia siempre con la tauromaquia como telón de fondo.

Sería en el espectáculo taurino donde Hemingway se impregnó del carácter español en la dualidad vida y muerte. Un espectáculo que él contemplaba con ansia y con auténtica devoción donde absolutamente todo pendía de un hilo.

En resumidas cuentas, la fiesta del toro bravo era para Hemingway el perfecto símil vital que él había buscado toda su vida desde que entró en la Primera Guerra Mundial como voluntario. La búsqueda de un más allá dentro de la propia vida, la emoción y la auténtica pasión de vivir que encontró en España.

Sería en esta época donde encontró la inspiración adecuada para escribir Fiesta, una novela publicada en 1926 donde un grupo de expatriados estadounidenses coinciden entre Pamplona y París. Una novela que convirtió a un joven Hemingway de tan sólo 27 años en la voz de los jóvenes norteamericanos en el exilio.

Años más tarde y después de dos matrimonios, el espíritu aventurero y el compromiso con sus ideales le llevó a cubrir la Guerra Civil desde el bando republicano. De nuevo Hemingway se sentía español. De nuevo España le dolía y de nuevo esa permanente espada de Dámocles colgaba sobre el corazón de todos los españoles.

Una España que quedó de nuevo retratada en Por quien doblan las campanas, uno de los alegatos contra la Guerra Civil más bellos que se podrían escribir. Con el fin de la guerra, Hemingway abandonó España sin fecha de regreso con destino a Cuba.

Sería sin embargo su espíritu vital y combativo el que le movió a volver a Europa durante la Segunda Guerra Mundial para informar de lo que acontecía en ella. A pesar de su labor como corresponsal, su compromiso político le movió a trabajar con la Resistencia francesa durante la ocupación alemana.

Una guerra que quebró para siempre lo que parecía imposible, el ánimo por vivir del escritor. Durante la década de los cuarenta fallecerían algunos de sus mejores amigos y se sucederían diversos accidentes de tráfico. Además, por primera vez se alejaba de España.

Hemingway buscaba nuevas experiencias que encontró en safaris africanos pero que hicieron aún más mella en su salud. Accidentes de avión que por poco le cuestan la vida a él y a su esposa hace que se replantee su vida en la década de los cincuenta.

Galardonado por el Nobel en 1952 por El viejo y el mar, Hemingway sigue haciendo caso omiso de las advertencias que su cuerpo le marca. África casi le cuesta la vida y vuelve a Estados Unidos dispuesto a recuperarla.

No tardaría mucho en demostrar de nuevo su inquietud, de esta manera vuelve a viajar a Europa en 1956, el único lugar donde consideró que podía trabajar. Tras tres años en Europa la revista Life Magazine que le encarga un trabajo sobre corridas de toros, sin embargo la salud de Hemingway no es buena.

Hemingway cumple con su parte del trabajo, desbordante y excesiva para lo que pedía Life Magazine. Por segunda vez en su carrera, Hemingway siente que desfallece y que pierde el control de su propia escritura. En 1960 visitaría España por última vez en su vida, para una sesión de fotos en la que participaría sólo.

Una soledad acompañada de un deterioro físico notable que intentaba ocultar en vano. Hemingway se encontraba sólo y terriblemente enfermo donde reuniendo fuerzas de flaqueza consiguió embarcar de nuevo a Estados Unidos a finales de octubre de 1960.

Apenas 8 meses más tarde, Ernest Hemingway, derrotado, enfermo y cansado, decidía poner fin a su vida en su casa de Idaho. Con su muerte también se acababa la generación perdida de los escritores estadounidenses pero también el mejor embajador que pudo haber tenido España durante el siglo XX.