Lecciones de Buena Vida. Capítulo 1. Felipe Reyes, el obstinado

EN LA FRONTERA DE SUS 38 AÑOS, EL CAPITÁN DEL REAL MADRID ESTÁ A PUNTO DE CONVERTIRSE EN EL JUGADOR CON MÁS PARTIDOS EN LA HISTORIA DE LA LIGA, TODO UN VETERANO –CON LA ILUSIÓN INTACTA DE UN NOVATO– QUE HA HECHO DEL ESFUERZO Y LA MOTIVACIÓN SU DIVISA DE VIDA.

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“Ese chaval solo está ahí porque es hermano de quien es hermano, eso está claro”. La frase, corroborada con un absurdo aire de superioridad y acompañada por los presentes con claros signos de asentimiento, salió de mi boca hace ya demasiados años, durante una fría mañana, en el mítico campo de La Nevera –nombre bien elegido donde los haya, por cierto–, situado en el interior del madrileño colegio Ramiro de Maeztu, cuna espiritual del Estudiantes. Y sí, el chaval al que me refería era Felipe Reyes (Córdoba, 1980). Vaya visión la mía.

Para ser justos, no estaba solo en mis creencias. Por entonces Felipe no era conocido por su talento sino por ser el hermano pequeño de Alfonso, pívot referente en el baloncesto español de los años 90 gracias a un rocoso estilo de juego que compensaba sobradamente su escasa estatura para jugar en la pintura (se decía que andaba por el 1,96 y no seré yo quien lo desmienta). Un tipo, para que nos entendamos, de los que no quieres ver jamás enfrente, porque sabes que pase lo que pase en el marcador la tarde va a ser de todo menos plácida y algún moratón te vas a llevar de regalo a casa.

Si bien es cierto que esa tenacidad era una característica que ya se adivinaba hereditaria al ver a ese joven Felipe –hablamos de mediados de los 90–, nada hacía prever la ilustre carrera internacional que le esperaba. Es más, la mera perspectiva de que llegara a jugar de manera profesional nos parecía ridícula a mí y mis compañeros, adversarios frecuentes de los equipos formativos del Estudiantes en los que jugó durante aquellos años. Tanto que nos hubiéramos apostado bastante a que algunos compañeros habituales de la selección madrileña tenían más papeletas para llegar un día a la ACB. De la misma manera que sucedería años más tarde con Marc Gasol (cómo nos reíamos hablando de McGasol, apodo derivado de un físico orondo supuestamente atribuible a su gran afición a las hamburguesas…), la realidad se encargó de demostrarnos lo profundamente equivocados que estábamos.

Veintitantos años después de aquella escena en La Nevera, me encuentro en la Ciudad Deportiva del Real Madrid esperando a que salga del vestuario un tipo que está batiendo todos los récords habidos y por haber en el baloncesto de clubes tanto nacional como europeo. El último en caer es el de mayor número de partidos jugados en la Liga Española (779 al escribir estas líneas), superando a una leyenda como Joan Chichi Creus, pero en breve se le unirá el mismo récord en Euroliga, ostentado en este momento por Juan Carlos Navarro. Hitos que sumar a otros que atesora como ser el mayor reboteador de la historia también en ambas competiciones (El Carpanta de los rebotes, como le llamaba el añorado Andrés Montes), y que, unidos a su palmarés de clubes y con la Selección, dejan poco lugar a quienes pretendan poner en duda su trayectoria.

Pero, como decíamos, si por encima de todo ha destacado Felipe Reyes en su carrera desde pequeñito es en algo que no recogerán los libros con frías estadísticas: por cabezón, por pesado, por obstinado. Una capacidad de trabajo que, por ejemplo, le ha llevado de firmar un paupérrimo 49% en la línea de tiros libres, durante la temporada 2004-05, al espléndido 82% que atesora este año. Y eso, amigos, no se consigue por ciencia infusa, sino currando durante horas en pabellones vacíos cuando nadie te ve.

El Felipe Reyes que nos encontramos hoy en unos de esos pabellones situados en la Ciudad Deportiva de Valdebebas es un hombre tranquilo, incluso con un punto tímido. Paciente en el trato con estilistas y fotógrafa, sin un solo gesto de cansancio a pesar de que el hambre ya debe empezar a apretar a estas horas y a pesar de que Pablo Laso, entrenador del Real Madrid, les ha cascado justo antes “el entrenamiento más largo de la temporada hasta el momento”, tal y como me comenta uno de los empleados del club para justificar el pequeño retraso en la sesión. “Bueno, es que normalmente no tenemos tantos días entre partido y partido, así que hay que aprovechar”, comenta al respecto nuestro entrevistado, impecablemente vestido tras someterse a la larga sesión de fotos y todavía con ánimo para charlar animadamente. “Es cierto que desde que soy imagen de El Corte Inglés para la campaña Big Man [especializada en tallas grandes] me he acostumbrado a estas cosas”, explica a Robb Report.

Vives días de récords… Si aquel chaval de catorce años que jugaba en el Estudiantes ‘D’ te viera ahora, ¿qué pensaría?

No se lo creería, claro. Todo esto ha sido un sueño; sinceramente nunca me imaginé todo lo que me ha sucedido durante estos años. Ha superado de lejos cualquier expectativa que pudiera tener.

¿Y tú qué le dirías?

Pues que siguiese siendo el mismo chaval de siempre, que continuara trabajando como lo hacía, que no dejara de ser humilde y nunca perdiera las ganas de aprender cada día. Que siguiese siendo como era, porque gracias a eso hoy soy la persona y el jugador que soy hoy en día.

En aquella época siempre estaba en el aire el hecho de que tu hermano ya era un tío importante en la ACB. ¿Eso te marcaba para algo? ¿Tenías en la cabeza ser profesional?

Para nada. Yo en esa época era un fan más de mi hermano y punto. Nunca pensé que podría llegar donde estaba él, a un punto tan alto. Vivía el momento y el presente, solo quería divertirme, pasármelo bien, que llegara el fin de semana para jugar ese partido que llevaba días esperando.

Aunque fuera en un campo descubierto y con un frío que pelaba…

Eso molaba [risas]. Jugar en un campo así a las nueve de la mañana… tenía su punto.

¿Le pedías consejo a Alfonso?

La verdad es que no. En esa época él estaba jugando en Málaga y luego se fue a París, así que tampoco estaba presente en mi día a día, ni iba a verme durante esos años de categorías inferiores. Mis padres eran los que me aconsejaban; tenían además la experiencia de ver a mi hermano muchas veces y me decían lo que podía cambiar o mejorar dentro y fuera del campo.

¿Y los veteranos, los que te sacaban uno o dos años?

[Se lo piensa un segundo] Si te digo la verdad nunca jugué con compañeros de más edad, y eso es algo que me molestó bastante. Y cuando me bajaron del equipo ‘A’ al ‘D’… En el Estudiantes pasé un par de épocas muy malas, aunque seguro que son cosas que me han ayudado a posteriori.

Es cierto que tardaste un poco en “explotar”…

Sí, pero cuando lo hice con 15 o 16 años tampoco me subían a jugar con la categoría superior, que era lo normal si un chaval destacaba. Y eso me dolía. Mucho.

¿Hasta qué punto?

Pues hasta el punto de que dudé si quería seguir jugando cuando me degradaron de equipo siendo cadete. Yo quería divertirme por encima de todo, pero también competir a un nivel alto, el nivel al que yo sabía que podía rendir. Aunque, insisto, estoy seguro de que eso me ayudó a endurecerme y trabajar más fuerte.

Con perspectiva, si tuvieras que decidir ahora cuál fue el momento más complicado de tu carrera, ¿sería aquel?

Puede ser. También es verdad que poco antes, con 13 años, un médico me dijo que a lo mejor tenía que dejar de jugar al baloncesto debido a un problema en la rodilla. No lo entendía. Finales perdidas, partidos importantes… son momentos muy duros, pero forman parte del baloncesto. Lo pasas mal esa noche y al día siguiente toca empezar a olvidar porque en el deporte si no sabes olvidar eso te va comiendo por dentro y puede acabar con tu carrera.

Entiendo que os parezca raro que alguien que ha ganado millones con esto, que ha tocado el techo en su profesión, pueda estar tan dolido por aquello y además lo muestre abiertamente en lugar de acudir a los tópicos sobre las derrotas en el último segundo o los títulos no alzados. Alguno verá en ello cierto resentimiento con su antiguo club –mítica es aquella pancarta que le dedicó La Demencia en su primer derby con el Real Madrid: “Felipe, nunca nos caíste bien”–, pero creo sinceramente que se trata de un tema mucho más profundo e importante. Incluso hoy en día resulta muy significativo el número de grandes promesas del deporte que se pierden durante esos años supuestamente formativos –y no solo en lo deportivo– por una mala gestión emocional de lo que no dejan de ser adolescentes en pleno desarrollo personal y repletos de (lógicas) inseguridades. Y es algo que puede pasar incluso en un club históricamente ejemplar en ese aspecto como es el Estudiantes.

Sin embargo, tan solo un par de años después ya se hablaba de ti como gran promesa. ¿Cuándo te dijiste: “Joder, a lo mejor un día me puedo dedicar a esto”?

Entre 1998 y 1999 ganamos con la Selección España el Europeo, el torneo de Mannheim (una especie de mundial oficioso para menores de 18) y el Mundial de verdad en Lisboa [era el mítico equipo de los juniors de oro: Pau Gasol, Juan Carlos Navarro, Carlos Cabezas, Juan Carlos Calderón, Germán Gabriel…]. Fue entonces cuando me empezaron a subir a entrenar con el primer equipo, incluso a jugar algún minuto… Ahí me planteo que puedo tener sitio en la élite.

¿Te planteaste el coste personal que eso suponía?

¿Sabes lo que pasa? Que yo tampoco había llevado la vida normal de un chaval de 14, 15 o 16 años hasta entonces. Entre entrenamientos, estudios y partidos, mis amistades no eran las típicas del barrio, sino que eran del colegio y sobre todo del baloncesto, que era donde me pasaba todo el día. No fue un cambio brusco, solo una extensión de la vida que había llevado siempre.

¿Cómo recuerdas el momento de firmar tu primer contrato profesional?

Eso fue un impacto. ¡Recibir dinero por hacer lo que te gusta desde pequeño! [risas].

Entrar por primera vez en el vestuario del primer equipo tiene que impresionar.

Sí, claro, aunque yo tuve la suerte de que por entonces sí que estaba mi hermano Alfonso para apoyarme, además de algún otro compañero de mi generación. Te vas acercando a los jovencitos, a los que conoces… hasta coger confianza.

¿Y fuera del campo? ¿Cómo reaccionabas cuando el panadero o el quiosquero de tu barrio empezaron a reconocerte?

Es algo con lo que te puedes venir arriba, la verdad. Al principio me gustaba, lo reconozco, aunque también me daba algo de vergüenza. Una mezcla rara.

Una reacción muy propia de esa edad…

Claro. Justo ese ejemplo que has puesto, el del panadero, es algo que me pasó en la realidad. Y molaba, pero al mismo tiempo era raro. Yo era un tío tímido que luego cogía confianza y era mucho más extravertido, pero de primeras me costaba. Y sigo siendo de esa manera.

Un problema para ti, porque con tu altura es difícil pasar desapercibido.

[Risas] Ya ves, se nos ve desde lejos. Lo cierto es que muchas veces la gente no te pide fotos ni nada para no molestarte, pero aún así puedes notar claramente cómo te miran. Pero es normal y algo que asumí con bastante naturalidad desde el principio. También lo de hacerme fotos, que al final es algo que no nos cuesta nada y para la persona que lo pide es una alegría.

Hay otras partes más incómodas de medir 2,04.

Viajar, el coche, la ropa… Aunque es cierto que ahora el tema de la ropa es más sencillo, sobre todo en mi caso por lo que te comentaba de mi relación con El Corte Inglés.

En los 80 y 90 era todo más complicado, recuerdo que a la gente de tu altura le tenían que traer las zapatillas de EE. UU.

Tener un amigo que iba allí era un chollo que todos teníamos que aprovechar. Zapatillas, por supuesto, pero también ropa de todo tipo que aquí era imposible de conseguir y allí era de lo más normal. Ah, y también tenía una tía en Andorra que me conseguía cosas.

Ahora que eres el veterano por excelencia, ¿cómo tratas a los novatos cuando llegan al vestuario?

Depende mucho de cómo sea el chaval. Si veo que es el típico que va de sobradito, algo crecidito… pues le vacilo bastante. Pero si es más introvertido intento respetar mucho su espacio para que no se sienta cohibido. La verdad es que hay más de los primeros. Antes se contaba mucho sobre las novatadas que se hacían en el vestuario, pero la verdad es que yo no lo he vivido desde ninguno de los dos lados.

Hacer equipo cuesta más hoy en día.

Es verdad, y por eso los veteranos tenemos más responsabilidad que nunca a la hora de crear esos vínculos en el vestuario. Antes había muchos más jugadores nacionales y pasaban más años en cada club. Ahora cada uno de nosotros viene de un país distinto y con suerte juega dos o tres temporadas en el mismo lugar.

En la NBA se valora muchísimo la labor de los veteranos en ese aspecto.

Es que si quieres ser un equipo campeón es clave. Mantener el espíritu, animar en los momentos bajos… es vital. La buena química en el vestuario es la que hace que la gente venga a entrenarse cada día con ganas y de buen ánimo. El problema es cuando te cuesta venir porque ni quieres ver a tus compañeros; ahí es cuando la temporada se te puede hacer eterna.

Tras tantos partidos, tantos codazos en los entrenamientos, tantos madrugones en hoteles… ¿Cómo se mantienen esas ganas de venir a entrenar?

Días como hoy, tras un día de descanso… pues es cierto que cuesta más. Pero al final la vas encontrando tú solo. Con los años las motivaciones son diferentes, van cambiando.

¿Piensas alguna vez en la retirada?

No, intento seguir viviendo el presente como cuando era pequeño. Salir a jugar lo mejor posible y ya está. Sinceramente todavía no sé cuándo llegará ese momento. Llevo muchos años y cuando llegue el final, llegará. No es algo que me quite el sueño.

¿Echas de menos la Selección?

La echo de menos cuando está jugando un campeonato. Ahí se formó un núcleo muy duro, muchos jugadores que nos conocíamos desde que eramos chavales. Han sido años preciosos con amigos, en un ambiente extraordinario. Y eso es mérito también de los jugadores anteriores a la generación del 80 y los que vinieron después.

Así no se hacían tan duros los veranos sin vacaciones…

Nunca se me hicieron duros, pero es cierto que cuando tienes hijos las cosas van cambiando… hasta que un día llegó el momento en que no quería pasar tanto tiempo sin verles.

¿Ellos son conscientes de a qué se dedica su padre?

No, son demasiado pequeños todavía. Te ven en la tele, dicen “baloncesto, papá, canasta” y poco más. A la mayor, Chloe, que tiene cuatro años, cuando viene a verme solo le interesan las cheerleaders, es su momento [risas]. Y al enano, Axel, le llaman algo más los balones, pero aún es muy pequeño.

Hay un momento en tu carrera que muchos pueden ver como una espinita clavada, pero el tiempo parece haberte dado la razón: nunca jugaste en la NBA.

[Se pone serio] Yo no me arrepiento de nada, te soy muy sincero. Me parece lo máximo llevar tantos años en un club como el Real Madrid, por no hablar de haber logrado todo lo que he logrado. Si volviera atrás en el tiempo no cambiaría aquella decisión ni ninguna otra.

Si alguien se te acerca a pedir consejo, ¿te animas o te da pudor?

Más que dar consejos, yo comparto lo que sé. ¿Por ejemplo? Si no te diviertes con lo que haces, déjalo ya. No merece la pena.

¿Sigues teniendo cosquillas en el estómago antes de salir al campo?

Solo en los partidos importantes, en los que nos jugamos algo significativo. Al haber hoy en día tantos partidos es difícil seguir teniéndolas en cada uno de ellos. Si las tuviera en todos sería la leche, claro, pero te mentiría.

¿Te has propuesto algún reto en particular de cara a esta recta final?

Seguir consiguiendo títulos y divertirme, no se puede pedir más.

¿Y fuera de la pista? ¿Te has planteado ya el día después?

No, todavía no. Es verdad que debería porque queda poco… pero no lo he hecho. Solo sé que me encantaría seguir relacionado al mundo del baloncesto.

 

Fotografía Nani Gutiérrez Estilismo Cristina Romero