Lecciones de Buena Vida Capítulo 2. Joaquín Reyes y el absurdo

meneame
Compartir

PARECE MENTIRA, PERO HACE YA MÁS DE QUINCE AÑOS QUE
EL HUMOR ‘CHANANTE’ –SURREALISTA Y MANCHEGO– LLEGÓ
A NUESTRAS VIDAS DE LA MANO DE UN PUÑADO DE CÓMICOS JÓVENES, PERO SOBRADAMENTE DIFERENTES. CONSOLIDADO YA COMO UN REFERENTE DE LA COMEDIA NACIONAL, JOAQUÍN REYES ENSEÑA A ROBB REPORT CÓMO AFRONTAR LOS EMBATES 
COTIDIANOS CON LA LEVEDAD DE UNA SONRISA ENTRE LOS LABIOS.   

Es un tipo espigado y larguirucho, mucho más alto en persona de lo que pueda parecer en la tele (calculo a ojo que debe rondar el uno noventa de estatura). Joaquín Reyes aparece en el estudio de Robb Report con un abrigo de paño color camel, camisa vaquera y corbata de punto. Un look bastante hipster y elegante. No puedo evitar fijarme en el alfiler de corbata plateado –con forma de ballena a lo Moby Dick– que lleva en medio del pecho. Una auténtica chulada. Tiene buena percha y yo diría que gusto estético. En lugar de comediante o humorista, podría pasar por ilustrador de revistas indies, diseñador gráfico de web, licenciado en Bellas Artes o guionista de series de televisión. Aunque pensándolo mejor, ya ha sido todas esas cosas.   

Mientras le enseño la editorial, la gente que se encuentra trabajando –todavía es temprano y la redacción está a medio gas– levanta disimuladamente la mirada del ordenador, lo ve pasar y sonríe levemente. Él no hace nada especialmente gracioso, tan sólo camina a grandes zancadas, mientras hace algún comentario educado. “Bonitas baldosas las del suelo. Son las originales, ¿no?”; o “aquí hacéis revistas a cascoporro, ¿eh?”. A continuación, se oye alguna tímida risa al fondo. Joaquín Reyes tiene un don. Puede resultar gracioso simplemente levantando un poco las cejas o poniendo una de esas caras chanantes que tan popular le han hecho en sus apariciones televisivas.

Le presento al equipo de fotografía, vídeo y estilismo que va a participar en la sesión. Él pide un café solo sin azúcar y charlamos un rato, mientras terminan de colocar las luces y los fondos de color. Le pregunto por los Premios Goya. Hace sólo un par de semanas que se celebró la ceremonia y –en la edición del año pasado– él tuvo la ocasión de presentarlos junto a Ernesto Sevilla. “Es una misión complicada”, comenta. “La gala se suele alargar, hacer pesada y es muy difícil mantener el interés del telespectador. Creo que Buenafuente y Silvia Abril lo hicieron muy bien. Pueden estar satisfechos”. Joaquín estuvo viendo los premios en directo, sentado como invitado, en una de las butacas de las primeras filas. “Yo me volví a Madrid al día siguiente, por la mañana, así que no pude disfrutar de la fiesta posterior, que suele ser más relajada y está muy bien. Ernesto [Sevilla] sí que se quedó, sí. Me llamó al día siguiente desde el AVE. Eran como las siete de la tarde y me contó que aún llevaba puesto el esmoquin de la noche anterior [risas] ¡Qué tunante!”.

Diego –el fotógrafo– y yo le contamos un poco por encima las ideas que hemos pensado para las fotos que acompañarán la entrevista. Algunos guiños y homenajes a pequeños clásicos del humor visual (el Superagente 86 con su zapatófono, Bill Murray en las pelis de Wes Anderson o Emilio Aragón siguiendo la línea blanca en Ni en vivo ni en directo). Joaquín contempla los ejemplos en la pantalla del móvil, asiente con la barbilla y no pone ninguna pega. “Me parece estupendo. ¡Venga, vamos a empezar!”. Ojalá las cosas fueran siempre así de sencillas.

Tu primer trabajo en Madrid fue en el departamento de diseño de la editorial SM, como ilustrador. ¿Sigues dibujando?

Intento hacerlo todos los días. De hecho, aún sigo teniendo encargos como ilustrador. Es un proceso totalmente opuesto al de la comedia. Cuando me subo a un escenario y actúo en directo, estoy trabajando para la gente. Hay muchos ojos fijos delante de mí. Ilustrar es un oficio privado, íntimo. Cuando dibujo estoy solo. Me gusta ese contraste, ese ámbito solitario, es una sensación estupenda. Creo que no podría renunciar a dibujar. Es mi vida. Lo he hecho desde crío y espero seguir haciéndolo hasta que hinque el pico.

El próximo mes de agosto cumplirás cuarenta y cinco años. Una cifra rotunda. ¿Cómo llevas lo del cuarentazo? ¿Te sientes herido por el famoso síndrome de Peter Pan?

Creo que se pueden compaginar ambas cosas. Es verdad que nuestra generación, la llamada Generación X, tiene mucho de Peter Pan. Seguimos conservando las mismas aficiones que teníamos en la adolescencia: la música, el cómic, el cine… Eso no lo hemos perdido la mayoría. Mi casa está llena de juguetes y muñecos. Los amigos de mi hijo le preguntan: “¿Pero estas cosas son de tu padre?” [risas]. Sin embargo,  por otro lado, a mí me gusta envejecer. Yo, de mayor, quiero ser eso, una persona mayor. Me encanta la gente mayor, la libertad que tienen para decir lo que quieran. Estoy deseando ir ya con traje y sombrero y ser un cascarrabias. Tener tiempo libre para mis aficiones. El sexo después de los sesenta tiene que ser maravilloso, más tranquilito, como el chacachá del tren, sin tanto ímpetu. La juventud está sobrevalorada. Vivimos en una cultura donde solamente se aprecia lo inmediato, lo moderno, que está bien, pero que tampoco es para tanto. Madurar y cumplir años conlleva cosas buenas. Por ejemplo, eres más sabio porque has vivido más.

Dicen que los millennials ya no ven la televisión, que todo lo consumen a través de su teléfono móvil…

Puede ser que los jóvenes no vean hoy tanta tele como nosotros, pero siguen consumiendo la misma cantidad de ficción que antes. Lo que pasa es que lo hacen de otra manera, a través de otros soportes. Cambiarán las costumbres, pero la ficción siempre existirá.

Hace poco estrenaste, junto a Ernesto Sevilla, la serie Capítulo 0
(todavía está disponible en Movistar), una especie de homenaje precisamente a esa televisión de nuestra infancia. ¡Cuántas horas habremos echado delante de la caja tonta!

Ya lo creo. Cuando yo era un crío, ver la tele era todo un acontecimiento, marcaba tu día a día. Yo recuerdo estar de vacaciones con mi familia y pararlo todo para ver Falcon Crest. ¡Falcon Crest! Qué era tela. Y la veíamos todos juntos, en la sala de vídeo del hotel de veraneo, desde el principio hasta el final. Déjabamos lo que estuviéramos haciendo y nos plantábamos ahí delante. “¡Qué empieza ya, corred!”. Con Capítulo 0 hemos querido hacer un homenaje a esos géneros de nuestra niñez: las sitcoms americanas, las series de misterios, la ciencia-ficción… La verdad, estábamos enganchados.

¿Cuáles eran tus cómicos preferidos cuando eras niño?

A mí siempre me ha gustado el humor en general. Muchos tipos diferentes. El humor escatológico, el humor físico, el humor blanco, el negro… De pequeño, por ejemplo, me encantaba El show de Benny Hill, que era un poco básico, pero también me llamaban la atención los monólogos surrealistas de Gila o Tip y Coll… Martes y Trece, por supuesto… Las sitcoms americanas tipo Con ocho basta… Luego, más mayor, Faemino y Cansado… En general, desde niño, he valorado mucho la comedia, es el género que más me gusta. Siempre tiro hacia la comedia. También como espectador.

Hace poco, estaba viendo un documental sobre Eugenio, el humorista, y aparecía hablando su primer representante. Decía: “Yo a Eugenio siempre le recomendé que no contara chistes sobre política”. ¿Estás de acuerdo?

Es verdad que nuestros personajes, formatos y estilos casi nunca han tocado la sátira política. Seguramente porque ya existen espacios de ese estilo ylo hacen muy bien. No es nuestro centro de interés. Intentamos ir por otro lado. Hacemos más gala del humor absurdo. Cuando empezamos con La Hora Chanante, hace ya dieciocho años, lo que buscábamos principalmente era hacer otra cosa. No fue algo muy pensado o premeditado. Simplemente, queríamos desarrollar nuestras ideas y pescar en otros caladeros. En vez de parodiar a políticos famosos o personajes tópicos muy populares, nos pareció más interesante realizar imitaciones de referentes pop completamente diferentes, como Lars von Trier, Robert Smith de The Cure o Karl Lagerfeld.

Te refieres a tus famosísimos celebrities. ¿Cuántos has debido hacer en todos estos años?

¡Un montón! Más de cincuenta en La Hora Chanante, unos sesenta más entre Muchachada Nui, El Intermedio o Retorno a Lilifor… y todos con la misma voz y el mismo acento. Es una broma que se ha estirado una barbaridad… y aún sigue. Es la mejor idea que he tenido en mi vida, eso seguro. Cuando le dije al director “voy a hacer una parodia de David Hasselhoff hablando con acento de Albacete” y me dijo que sí, no sabía lo que estaba haciendo el pobre hombre. ¡Con los buenos imitadores que ha habido siempre en España…! Ahora está Raúl Pérez, por ejemplo, que es increíble. Me parece alucinante que me sigan llamando para hacer parodias manchegas. Aunque yo las entiendo más como una recreación-distorsión de un personaje.

¿De qué celebrities guardas mejor recuerdo?

Recuerdo con mucho cariño el de Björk o el de La Mona Chita. El otro día vi repetido el de Hulk Hogan y –la verdad– estaba muy bien. Los maquillajes y los diseños eran muy chulos. De los últimos, el de Manuela Carmena fue impresionante porque realmente me miraba al espejo y la veía a ella. Me contaron que la gente se lo pasaba por el WhatsApp. Quedó fenomenal. Es muy importante la aportación de Nacho Díaz, el maquillador, siempre he trabajado con él. Es un genio. Para mí es fundamental, porque –cuando me ponen la máscara de látex– yo me veo en el reflejo y entonces ya soy el personaje. Soy capaz de todo. Es magia. Literalmente. Como no hago una aproximación fiel en la voz, es vital que el aspecto físico sí que sea impactante, que el espectador –con un simple golpe de vista– vea a la celebrity que imito. Puedo estar en la sala de maquillaje de entre tres a cinco horas. Lo que pasa es que los materiales han mejorado muchísimo. Ahora te pueden poner una prótesis de silicona que prácticamente te ocupa toda la cara y llevarla como si no la notaras. Antes eran mucho más voluminosas e incómodas, gruesas y pesadas. Ahora ni me entero.

Vuestras palabras chanantes (como viejuno o cascoporro) han acabado integrándose en el vocabulario común. No muchos consiguen tal honor…

El humor tiene esa rara cualidad. Permite filtrar palabras o expresiones dentro de la cultura popular. Piensa en Chiquito de la Calzada y su Hasta luego, Lucas o lo de pecador de la pradera. A nosotros, obviamente, nos da mucho gustico que así sea. De todas formas, esas palabras nunca han sido nuestras del todo. No nos las hemos inventado. En realidad, eran expresiones que oíamos en casa. Nos hacían mucha gracia y las repetíamos entre los amigos. La idea era usarlas fuera de su contexto y así convertirlas en absurdas y –por tanto– en graciosas. Sospechábamos que a la gente de La Mancha les resultaría simpática la referencia, pero –de repente– ver que ungrupo de asturianos o catalanes puedan bromear entre ellos diciendo cosas de gambitero es algo muy curioso. Y muy agradable también, no te voy a mentir. La capacidad que tiene el humor de crear empatía es asombrosa. Cuando logras esa conexión con el otro se produce una sensación maravillosa.

HACEMOS UN PEQUEÑO PARÓN PARA DESCANSAR. Poco a poco, se va formando un corrillo de gente alrededor de Joaquín. Algunos quieren pedirle un autógrafo dedicado, otros hacerse una foto con el móvil. Todos llevan una sonrisa pintada en la cara. Me pregunto si no debe resultar agotador tener que aparentar estar de buen humor todo el rato, a full time, aunque no conozcas de nada a quien se te acerca por la calle y para ellos seas alguien tan cercano como un familiar. “Valoro mucho que la gente sea amable conmigo” me dice. “Me tratan con cariño, aprecian que les haga reír y yo, como mínimo, debo ser simpático a cambio. Yo creo mucho en la empatía, en no ser desagradable. Todos podemos tener un mal día y contestar mal a alguien. No puedes ser gracioso y ocurrente veinticuatro horas al día, pero sí al menos amable. No cuesta tanto y, joder, da mucho”.

No tienes cuenta personal en las redes sociales, salvo en forma de alguno de tus alter ego, como Enjuto Mojamuto (236 k seguidores en Twitter). ¿Crees que el humor funciona bien en el ciberespacio? ¿Por qué destila tanta mala uva hater?

Estamos rodeados de humor gracias a las redes sociales. Todos los días recibimos decenas de memes y chistes a través del WhatsApp. Y la mayoría están bastante bien. Lo que pasa es que ahora la gente tiene una ventana abierta para quejarse. El chiste privado incorrecto de toda la vida ha salido del círculo privado. Tú antes lo contabas dentro de tu grupo de amigos, pero ahora se cuelga en las redes sociales, se hace público y–con poco– se montan unos pifostios impresionantes. O al menos esa es la sensación que da. Ofensas muy grandes. Es lo que estamos viviendo ahora mismo.

¿Y por qué?

Tenemos que aprender a manejar mejor estas herramientas. Llevan muy poco tiempo entre nosotros y en cierto modo somos un poco torpes. Pertenecemos a una generación que todavía está aprendiendo a usarlas. Probablemente, en el futuro, nuestros nietos se manejen de maravilla con ellas.

Las series de producción propia en canales de televisión no convencionales son hoy en día un formato habitual y muy cool, pero cuando surgió en su día La Hora Chanante aún no se sabía muy bien cómo funcionaban las nuevas plataformas. Su éxito fulgurante fue casi un pequeño milagro, ¿no? 

Si tuviera hoy que volver a empezar de nuevo, no sé cómo demonios me lo podría montar. Lo nuestro fue estar en el momento justo en el sitio ideal. A principios de 2000, las cadenas temáticas tenían bastante presupuesto. Paramount Comedy dependía del estudio de Los Ángeles y les encargaron hacer producción propia. Al frente del canal había gente que sabía mucho de televisión y –a pesar de ello– decidieron apostar por gente como nosotros [risas]. Iniciaron el proyecto de nuevos cómicos, que nació al mismo tiempo que El Club de la Comedia, pero con otra vocación. Gente que escribía su propio material. De la misma nada, se formó una cantera de cómicos desconocidos que, a día de hoy, sigue funcionando. Trabajamos prácticamente todos. Entre otras cosas, nos encargaron La Hora Chanante. Ernesto Sevilla llamó a Julián López, Raúl Cimas y Pablo Chiapella; Santiago Lucas –que era el realizador– a Carlos Areces y así se formó el grupo. Aparte de compartir amistad, nos unía un tipo de humor parecido. No teníamos muchas pretensiones, pero sí una enorme libertad. Realmente, el mérito es de la gente que nos contrató y confió en nosotros [Miguel Salvat y Felipe Pontón]. Fue muy raro que se diera un fenómeno así, que a una cadena multinacional no le importara arriesgar con un grupo de jóvenes totalmente desconocidos.

Muchos de vosotros provenís de Albacete y muchas de vuestras parodias ponen el acento en el entorno rural, un mundo que parece condenado a desaparecer…

Hay un ensayo de Sergio del Molino, La España vacía, muy interesante sobre eso. Albacete no es exactamente un pueblo, es una ciudad, aunque posee muchos rasgos de pueblo todavía. Voy mucho a El Provencio, el pueblo de la madre de mi mujer, en Cuenca, de donde es Julián López, por cierto. Me encanta la retranca que tienen, ese humor rural tan suyo. La vida en los pueblos es dura, pero tienen otra perspectiva de las cosas, otra visión; hay una serie de valores, una cultura del trabajo, del esfuerzo… es una pena que se pierda.

¿Echas de menos el campo?

Yo, en concreto, soy bastante urbanita. Me vine a Madrid desde Albacete porque quería vivir en una gran ciudad. Me encanta vivir en Madrid. Antes, era un posmoderno y todo lo del pueblo me parecía un horror. Con el tiempo he aprendido a mirar las cosas con otros ojos. Me gusta la gente de La Mancha, sencilla pero socarrona.

Ahora mismo estás presentando Cero en Historia en el canal #0 de Movistar. ¿Te gusta mirar hacia el pasado?

Me encanta la historia. Mi madre fue maestra de esta asignatura durante mucho tiempo. El programa es un formato belga, me propusieron presentarlo y me pareció divertido. Intentamos tratar la historia de otra manera, con otra óptica. Llevamos ya muchos programas. Estoy muy contento con el resultado.

Existe el mito del payaso triste, el tipo que usa el humor como coraza para no mostrar lo que lleva dentro…

Ha habido muchos casos así. Cómicos que –sobre todo, cuando han tenido un éxito abrumador– han acabado cayendo en la depresión. Gérard Depardieu dijo una vez que hacer reír cansa el corazón. Debió ser el día que estaba sobrio, ahora ya no dice nada con sentido. Hacer siempre el mismo tipo de personaje te puede acabar convirtiendo en un esclavo de ti mismo y eso genera amargura. Hay quien quiere crecer en otras facetas. Realizarse, supongo. Paco Martínez Soria era un hombre muy serio, un empresario riguroso. Louis de Funès tenía fama de cascarrabias y Peter Sellers estaba loco. Por suerte, eso no es mi caso. A mí me gusta que la comedia, además de como oficio, esté todo el rato presente en mi vida.

Fotografía Diego Martínez  Estilismo Cristina Romero Vestuario: Dockers