Todo el mundo debe tener unos días de pueblo en verano

Reconexión

meneame
Compartir

Dice el refrán que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Pues bien, nosotros nos atrevemos a afirmar que quien tiene amigos de pueblo, tiene el doble de tesoros. Pero hoy no queremos hablar sólo de todo eso que reluce en tus vacaciones cuando dedicas unos días a desconectar de verdad, o al menos en tu teoría, para relajarte y reencontrarte con ti mismo. Si lo has ido a buscar al pueblo, da media vuelta.

Cualquiera que tenga pueblo lo sabe. Igual que sabe que aquellos buenos propósitos que te marcaste reservando una semanita o cinco días en la casa familiar van a caer en el olvido según oigas la primera voz del clásico ‘¿ya has venido?’.

Sí señora, ya he venido, y no, no lo hago con mi madre ni con nadie más de mi familia. Estimada señora ‘ponga aquí el nombre de la vecina’, tengo más de treinta años y a estas alturas no hace falta que tenga que venir al pueblo con un progenitor para disfrutarlo.

Pero bueno, no nos entretengamos en saludos, que para eso siempre habrá tiempo. A lo que nos vamos a dedicar es a desmontarte esa lista de cosas saludables que te habías marcado antes de hacer la maleta y tomarte estos díitas.

Lo primero, la maleta. ¿Qué maleta? Si para ir al pueblo nunca has necesitado outfits que tengan que combinar con algo. ¿Con qué quieres que combinen, con el río, con los pinos, o con ese par de cercados que están detrás de tu casa? Primer problema solucionado y un mito menos en qué pensar.

Segundo mito a derribar, el de ‘No, yo vengo al pueblo a descansar’ ¡JA! Que te lo has creído amiguito. Al pueblo se va dormido de antemano. Sabes de sobra que cualquier noche allí es susceptible de convertirse en un conato de fiesta y temor de amaneceres. Cualquier terraza, cuatro cigarros y una caja de botellines son gasolina suficiente para ponerse al día mientras las farolas titilan y la quietud se apodera de las casas. Descansar y dormir… ¡qué ingenuidad!

Seguida por la siguiente milonga en cuestión, la del ahorro. Si aún piensas que ir de vacaciones al pueblo es más barato que irte a Saint Tropez puede que estés equivocado. Vale que no hay que pagar alojamiento pero la vida extramuros que vas a hacer no tiene comparación en la faz de La Tierra. Probablemente ni un Kardashian pasa más tiempo fuera de casa que alguien de pueblo.

¿A qué se debe esto? Pues a conocer a todo el mundo y salir de casa para tomar el café de la mañana y empezar a saludar, convirtiéndote en una suerte de alcalde, que se verá convidado o tendrá que convidar según se vayan personando pandillas. Para cuando te quieras dar cuenta ya será la hora del almuerzo y cualquier pincho de tortilla será bien recibido.

En ese momento sabes que no hay escapatoria posible y que la huida hacia delante sólo será mediante el aperitivo donde te propones el ‘me tomo una y me subo a casa’.

Nada más lejos de la realidad, el aperitivo se empieza a ir de manos y entre vino, vermut y unos cuantos botellines, la cosa se empieza a animar hasta plantarse en la hora de comer. Problema que como todo en los pueblos, tiene fácil solución, se hace un bote y se piden unas raciones. Así que acabas de palillero sobre una barra o un barril convertido en mesa para brindar entre cremas de orujo y algunos cafés mientras te prometes que acabas ésta y a casa.

Pues no alma de cántaro. Te acabas liando con las primeras copas de la tarde y al final las juntas con una ducha rápida a las ocho y media para salir a cenar y seguir a copas. Traducción; Ahorras menos que saliendo con cuatro jeques en Marbella.

Pero no es sólo ese uno de tus pesares. También lo era el de hacer algo de deporte. Ahora, despierta y vuelve al mundo real. Deporte y pueblo no son incompatibles pero están reñidos. Salvo que tu fuerza de voluntad se imponga y consigas subirte a la bici, lo más normal será que el primer día, muy estilo escolar, parezcas aplicado y te hagas unos kilómetros para que con los días la vayas aparcando más cerca y al final no salgas de la plaza.

A ese poco afán deportivo se suma la dieta de las comida eterna, la que te hemos mencionado antes que suma las porras del desayuno con el pincho, más el aperitivo, más unas patatas fritas, más el ‘ya que estamos, cenamos aquí, ¿no?’ convirtiendo cualquier intento de pérdida de peso en la batalla más infructuosa del verano.

Tampoco tendrá mucha solución aquella milonga de irse tranquilo a leer y tener tiempo para ti. En un pueblo el concepto ‘soledad’ nunca existe. Siempre hay un plan y una llamada a la puerta. No importa el qué, aunque la variedad no sea apabullante, sino que importa el quién. Si no es uno es otro, así que a tus aspiraciones de recuperar aquella serie que llevas meses anhelando o finiquitar las novelas que cogiste de la biblioteca antes de irte dalas por acabadas.

Y aún así, con todo y con eso, nunca habrá mejor sensación que volver al pueblo de vacaciones. Un lugar parecido a Cheers, donde todo el mundo sabe tu nombre y que te recuerda que más allá de la ciudad sigue habiendo un refugio donde el tiempo no se para pero al menos parece ir más despacio y donde los recuerdos del pasado se hacen fuertes, convirtiéndose en material de leyenda para las historias nocturnas de veladas infinitas.

Por eso el que no lo tenga que lo busque, que los pueblos no se han comido nunca a nadie y es uno de los pequeños placeres cotidianos del verano más impagables que jamás podría tener uno.