A Quinta da Auga, el paraíso a 10 minutos de Santiago de Compostela

Alguien debería replantearse el nombre de Monte do Gozo.

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“Caminante no hay camiño, se hace camiño al andar” sería la perfecta alegoría de lo que Machado se habría encontrado si, en su peregrinar castellano, hubiera acabado dando con sus huesos en la húmeda Galicia en vez de en la Castilla desde la que honró a los olmos.

En esa Galicia, la que entiende mucho de “camiños” en especial el de Santiago, que congrega año tras año a más nacionalidades de las que uno cabría imaginar, se encuentra A Quinta da Auga, un hotel amparado bajo el sello Relais & Châteaux, al que la “H” de su puerta se queda corta y es que A Quinta da Auga está más cerca de un hogar que de un hotel.

La terraza del restaurante. Allí se sirven los desayunos en verano.

Allí lo regentan Luisa Lorenzo y Luisa García (madre e hija), que se embarcaron en este proyecto hace más de una década, convirtiendo un antiguo y casi derruido molino de papel (y unas cuantas cosas más) en uno de los alojamientos con más encanto de toda Galicia.

Relajación (spa y tratamientos mediante), alta cocina gallega (producto y mismo), planes de ocio que nos acercan a Santiago de Compostela y la sensación de que uno no es sólo un huésped, sino un auténtico amigo, son los alicientes que uno acaba comprendiendo con el paso del tiempo y que demuestran el porqué de la fidelidad y sinceridad de los que por aquí se alojan.

Una de las habitaciones del complejo.

Aprovechando los vestigios del molino y la profesión de Luisa Lorenzo, arquitecta, A Quinta de Auga resurgió de sus, digamos, cenizas, para convertirse en un segundo punto de peregrinaje básico de la provincia de Coruña (con permiso de la Catedral de Santiago), al que acudir cuando uno necesita desestresarse, relajarse, perderse, disfrutar de la naturaleza o paladear aquello que los italianos llaman “dolce far niente”.

Tiempo del “agua”.

De ese “no hacer nada” se podrían escribir páginas enteras en A Quinta da Auga, donde el tiempo fluye con la misma cadencia que el río que lo acuna, convirtiéndose en un remanso de paz (sostenible y ecológico) en el que los relojes no son necesarios en absoluto.

Igual que ese río, alegórico como un Jorge Manrique, que acaba dando en el mar, A Quinta da Auga sería la metáfora perfecta para descubrir una Galicia mágica, enigmática, hogar de meigas y tierra de queimadas, que brota con potencia en cada San Juan para que, año tras año, sigamos pidiéndole buenos deseos.

Luisa Lorenzo y Luisa García, madre, hija y responsables de A Quinta da Auga.

Los nuestros, concentrados en este rincón del paraíso coruñés, nos llevan a pedir con insistencia al retorno a un lugar donde el mimo, la alegría y el buen trato personalizado son los cimientos sobre los que asentar un hotel al que cualquier podría llamar hogar.

Las responsables, como ya dijimos, son las Luisas, capaces de hacer que cada uno, sin importar el dni, acabasen tarareando “Miña Terra Galega” cada vez A Quinta da Auga se cruce en su horizonte.