Una (buena) semana en Córcega

Hay vida más allá de Cerdeña.

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Del “unos cardan la lana y otros se llevan la fama” saben mucho los corsos, sobre todo cuando los comparamos con sus vecinos sardos, que han conseguido convertirse en el destino privilegiado del Mediterráneo occidental –con permiso de nuestras Baleares-.

Ambas islas comparten origen geológico, posición geográfica y unas condiciones climáticas bastante parejas en verano pero una, Cerdeña, es un enclave turístico internacional de primer orden y otra, Córcega, es un reducto casi inexpugnable a la masificación turística como si de unos Astérix y Obélix se tratara.

Aunque aquí no se trata de resistir al invasor, ser galos ni pensar que están locos estos romanos. Razón por las que la bella Córcega está abriendo tímidamente sus puertas a un turismo sostenible, más ecológico que devastador, que pone en el mapa del viajero una isla en la que conviven salvajes playas, escarpados acantilados, una población amable –si se les trata de la misma manera- y una gastronomía de lujo que reúne lo mejor de la dieta mediterránea con una buena mezcla a la française.

Todo ello nos lleva a un destino, el Hotel Misíncu, un cinco estrellas de lujo pero coqueto en el que conviven suites y villas. Situado en Cap Corse, muy cerca de la ciudad de Cagnano, parte de la punta norte de la isla, el Hotel Misíncu está literalmente más cerca de Italia que de Francia.

Sin embargo el paraje irradia esencia corsa por los cuatro costados, dominado por una naturaleza envolvente desde la que se dominan las impresionantes vistas del continente. Ubicado en un antiguo palacio del siglo XIX, la construcción preside la bahía sobre la que se abre, convirtiéndose así en un mirador desde el que asomarse a uno de los mejores amaneceres del Mediterráneo.

Rodeado por un importante patrimonio histórico y por decenas de pequeños pueblos centenarios en los que el tiempo parece detenerse, Misíncu representa a la perfección la esencia hospitalaria corsa y la devoción de sus gentes por la vida calmada. Posiblemente en ello influya el carácter casi calmante que el vaivén de las olas que Marine de Cagnano, la playa más cercana al hotel, ejercen en un lugar en el que angostos valles y playas se entrecruzan.

Aromas locales como el mirto, la cidra o la lavanda perfuman así un emplazamiento que se convierte en un auténtico tesoro de lujo donde el confort y la elegancia están a la orden del día.

A este paraíso, al que no le falta de nada, debemos añadirle también sus dos restaurantes, impregnados de cocina marinera local y de producto del día, que harán las delicias de los amantes del sabor. Así como el spa natural que forma parte del conjunto, ideal para aquellos que no se hubieran quedado satisfechos con la playa –si es que eso fuera posible-.

En definitiva, un lugar tan enigmático como mágico en el cual parar el tiempo y disponerse a descubrir un Mediterráneo que creías olvidado pero que aún existe.