Bienvenidos a Poundbury

La extraña utopía del Príncipe Carlos

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En los tiempos del Brexit, Robb Report viaja hasta el sur de Inglaterra para conocer Poundbury, uno de los lugares más extraños e insólitos de todo el país. Fundada hace apenas treinta años, se trata de una pequeña localidad de unos 2.500 habitantes financiada, diseñada y proyectada personalmente por el Príncipe Carlos (hasta el ancho de las aceras o el color de sus tejados han sido decididos por él). Una utopía en construcción que pretende preservar los valores tradicionales de la esencia british.

Gran Bretaña es una suma peculiar de naciones sumamente peculiares. Conducen por la izquierda de la calzada (somos el resto del mundo los que lo hacemos por el lado incorrecto), conectan sus cargadores de móvil a unos excéntricos enchufes trifásicos con pinta de garfio, cubren el suelo de sus cocinas y cuartos de baño con gruesas moquetas propensas al ácaro y consideran al críquet –¿alguien entiende sus reglas?– su deporte nacional (a pesar de que cualquiera de sus ex colonias asiáticas les propine palizas de campeonato cada vez que se enfrentan en un partido).

Y, a pesar de todo ello, no dejan de fascinarnos. Su feroz y feraz música pop, su poético acento posh (con ese pentámetro yámbico shakesperiano tan BBC), su alambicada historia liberal (la guillotina francesa se lleva la fama, pero ellos le cortaron la cabeza a un rey –Carlos I– en 1649, mucho antes que nadie); su tumultuoso parlamento de los comunes, tan pequeño como una caja de zapatos (o al menos esa impresión da en la tele), sus pegadizos cánticos futboleros; sus espumosas pintas de cerveza ale en el pub, sus delicadas sastrerías de Savile Row y hasta ese fish&chips grasiento que se vende en puestos callejeros. Son tan ingleses…

Es por ello que el particular nacimiento de la villa de Poundbury, el lugar que nos disponemos a visitar y descubrir no puede sorprender a nadie. Es una historia tan inevitablemente británica que si yo fuera usted –y me dispusiera a leerla ahora mismo– me prepararía antes un té Lipton english breakfast bien caliente con unas mantecosas galletas de jengibre al lado para acompañar este artículo como se bien se merece.

A mediados de los años ochenta, el Príncipe Carlos de Inglaterra –ese mocetón de 70 años que aún aspira a heredar el trono de su madre nonagenaria– comenzó a sentirse profundamente desilusionado por la deprimente expansión urbana que el Reino Unido estaba experimentando en sus principales ciudades. A base de suburbios sucios y sin alma, la arquitectura moderna estaba acuchillando –con su feísmo– los valores tradicionales de la forma de vida nacional. Decidió entonces tomar cartas en el asunto e ideó –de forma totalmente personal– un plan urbanístico propio. Pretendía crear de la nada una ciudad completamente nueva que combinara edificios hermosos con espacios cercanos de ocio, trabajo y comercio, un lugar en el que los inquilinos de las viviendas sociales pudieran codearse con los más prósperos sin muros de por medio, un remanso de paz urbano en el que la estética conviviera con la ética.

Para ello, escogió una parcela de su propiedad (no conviene olvidar que la familia real británica posee una enorme parte del ducado de Cornualles, un conjunto de propiedades de más de 500 kilómetros cuadrados que se extienden por 23 condados distintos y que les producen unas rentas millonarias cada año), en concreto, una situada a las afueras de Dorchester, en el condado de Dorset. Allí nacería su propia villa, a la que llamó Poundbury, la cual tendría una extensión aproximada de 1,6 kilómetros cuadrados y un población máxima de 5.000 habitantes.

La idea se hizo realidad en 1989, cuando se obtuvieron los permisos de urbanización. Obviamente, el hijo de la Reina contactó con una serie de arquitectos y urbanistas para que se encargaran de plasmar en un plano sus ideas, pero participó activamente en el desarrollo de esta utopía urbana. Desde entonces, Poundbury ha ido creciendo en diferentes fases, a un ritmo lento pero continuado. A comienzos de 2001, disponía de sólo 500 vecinos. Hoy, ha superado ya los 2.500 (más o menos la mitad de lo proyectado inicialmente) y continúa en expansión.

Conducimos por las estrechas carreteras de Dorset (por la izquierda, por supuesto), una de las regiones inglesas más atractivas para el turista. Suaves y onduladas colinas de prados esponjosos que desembocan abruptamente en escarpadas paredes calizas de blanco tiza. Es la espectacular costa Jurásica, formada geológicamente hace millones de años, repleta de acantilados y alucinantes playas de arena molida y agua esmeralda, como la de Durdle Door, una de las más bonitas de todo el país. Es ésta una tierra rica en fósiles e historia. Basta excavar un par de metros en su tierra parda y húmeda para encontrar antiguos yacimientos britanos, restos romanos o monumentos medievales. Los aficionados a la literatura decimonónica reconocerán en estos escenarios naturales el ambiente inconfundible de las novelas de Thomas Hardy, el hijo más afamado de la ciudad de Dorchester, la capital de Dorset, a la que él rebautizó en sus textos como Casterbridge. Sus calles respiran arquitectura georgiana, avenidas arboladas, abadía y museos. Sin embargo, hoy conducimos en dirección Poundbury, una localidad tan joven que apenas acaba de cumplir los treinta años de vida.

Son muchos los turistas que acuden hasta aquí por simple curiosidad (e incluso algo de morbo). Esperan encontrar una especie de decorado a lo El show de Truman, una Disneylandia made in Britain. Lo cierto es que cuando uno llega y aparca en la plaza principal (la Queen Mother Square, como no podía ser de otra manera) no siente nada especial. Es verdad que no se ven antenas de televisión –son feas– en los tejados ni jardines enfrente de las casas –que dividen a los vecinos y entorpecen el paso–, pero el impacto tampoco es exagerado. La sensación que causa a primera vista es que nada está fuera de sitio, como si no quisiera resultar incómodo a la vista. Sin embargo, sería un error pensar que vamos a encontrarnos con una especie de pueblo proyectado a escala 1:1 desde una maqueta en miniatura. Es mucho más extraño que todo eso.

¿Qué no es Poundbury?

Antes de seguir avanzando, deberíamos tener claro algunas cosas. Poundbury no es ningún proyecto de desconexión con la sociedad moderna, como aquellos falansterios pergeñados por Saint-Simon en el siglo XVIII, ni tampoco una comuna hippie escandinava, a lo Ciudad Libre de Christiania. No posee una ideología definida en contra del progreso ni persigue un deliberado aislamiento, al estilo Henry David Thoreau en Walden o William Morris en Noticias de ninguna parte. Tampoco veremos en sus calles una tramoya cinematográfica o el rodaje de una serie sobre Sentido y sensibilidad. No hay tornos de alfarería en las esquinas ni fraguas de herrero con mazos candentes golpeando un yunque. La gente no pasea en calesas rojas, no viste calzones estilo Regencia, no luce pelucas empolvadas.

¿Qué buscaba entonces el Príncipe Carlos al crearlo? La idea original pretendía combinar lo mejor de la inglesidad tradicional con la eco-eficiencia moderna y la era de internet, una especie de sociedad orgánica que evitara –sobre todas las cosas– caer en la deshumanización de nuestro tiempo. ¿Un ejemplo de su filosofía? No están para nada en contra de la tecnología; eso sí,  siempre que los cables vayan por dentro y no afeen las fachadas. Por supuesto, todo respira cierto aroma de clasicismo y benevolencia. El actual loco mundo industrializado y su acelerado ritmo están desintegrando los valores realmente importantes de la vida cotidiana. Ir andando a hacer la compra, charlar con el vecino unos minutos, tomar una pinta en el pub después del trabajo y dar un paseo de vuelta a casa antes de la hora de la cena. Eso es lo que se persigue.

Entre los ideólogos del proyecto se encuentra el urbanista y arquitecto teórico luxemburgués Léon Krier, el cual ha intentado dibujar sobre el plano las ideas que el Príncipe Carlos le ha ido transmitiendo a lo largo de todos estos años. Algunos periodistas, con evidente mala uva, han querido trazar cierto paralelismo entre León Krier y Albert Speer, el arquitecto jefe al que Hitler encargó proyectar en los años treinta una capital imperial nazi de aspecto clásico-posmoderno. En su defensa, hay que decir que Poundbury no rezuma absolutamente nada de pomposidad épica. Más bien todo lo contrario.

Aparcamos el coche (no se ve ningún parquímetro cerca) y empezamos a caminar. No hay mucha gente por la calle. Una estatua de la Reina Isabel, la madre del Príncipe Carlos, preside la plaza principal. Las calles son inusualmente anchas y algunas aceras poseen una especie de grava de color sepia en lugar del habitual asfaltado o empedrado. El mobiliario urbano es más bien austero. He leído en una guía del ayuntamiento que los principios arquitectónicos de la ciudad están inspirados en los del Nuevo Urbanismo, el movimiento teórico que surgió en los años ochenta en EE.UU.

Poundbury fomenta el no uso del automóvil, aunque ya se sabe que –hasta en los pueblos más pequeños– la gente acaba acostumbrándose a coger el coche incluso para ir al supermercado de la esquina. No se puede circular a más de 30 km por hora, algo nada revolucionario hoy en día si asumimos que el Ayuntamiento de Madrid ya ha introducido esta misma limitación en las vías de  único sentido. No se oyen muchos claxonazos, aunque no sabemos sin es por educación o porque no hay demasiada cosas a las que pitarle.

Me voy fijando en los locales comerciales. Una asesoría financiera, una clínica privada, un Real State (nuestras inmobiliarias) y un pub por supuesto, The Poet Laureate. Quizá alguno esperase encontrar una pottery con tazas de cobre hechas a mano o a un ebanista confeccionando sillas estilo Harry Potter. Pero no, todo resulta muchos más mundano.

Hay muchos edificios bonitos, aunque sin una estética definida. Las canterías y los estilos van desde el neogeorgiano hasta la mansión victoriana, o graneros tradicionales reconvertidos en tienda. De regreso a la plaza, me detengo frente al escaparate de la Real State y miro los precios de las viviendas. Ofrecen inmuebles desde (el precio está en libras esterlinas, por supuesto) 172.000 euros hasta los 405.000 euros. No tengo datos al respecto, pero me imagino que en este distrito arrasarán los partidarios del Brexit. Quizá el edificio más hermoso de todos es Brownsword Hall, construido en honor de Andrew Brownsword, el millonario dueño de las tarjetas de felicitación Hallmark. Al parecer, donó una pequeña fortuna de su propio bolsillo para la financiación de Poundbury. Según leo en otro folleto, cuando un vecino se siente incómodo por alguna razón (los bancos del parque están demasiado expuestos a la sombra o las alcantarillas huelen mal en verano), puede mandar una carta al ayuntamiento exponiendo los motivos de su queja. Según se rumorea, sus comentarios llegan hasta los oídos del mismísimo Príncipe Carlos, quien se preocupa personalmente de ponerle solución. Es bastante habitual verlo de visita real por aquí. Lo hace de forma más o menos sistemática, con el objeto de inspeccionar la marcha correcta de su pequeña utopía en construcción.   

La principal industria de la comunidad es una fábrica de muesli, Dorset Cereals, donde trabaja gran parte de su población. También hay una manufactura de chocolate, House of Dorchester, aunque está tan alejada del centro que técnicamente estaría más dentro de Dorchester que de Poundbury. En realidad, ambas localidades casi ya se tocan.

En general, Poundbury no ha sido muy bien entendido por los medios de comunicación. Jonathan Glancey, crítico de arquitectura del The Guardian, escribió: “No funciona a ningún nivel, hay cierta sobrecarga. Si sus calles son excesivamente anchas es porque, a diferencia de los pueblos tradicionales que las inspiraron, cualquier plan urbanístico estrictamente regulado hoy debe prever el acceso de los camiones de bomberos”. Existe cierto desdén respecto al proyecto, cuando no directamente propensión a la broma.

La historia nos ha enseñado que el paso de la teoría a la práctica no suele ser tan sencillo como parece. Uno puede tener una ideología fantástica en la cabeza, pero luego la realidad –tozuda– la hace materializarse en algo diferente. Alguien diseña un pueblo de lo más humano para que sus habitantes paseen por sus calles y se interrelacionen, pero nadie puede evitar que al final la gente prefiera quedarse en su casa delante del ordenador, chateando con un amigo o descargándose del ciberespacio vaya usted a saber qué.

En cualquier caso, cada año llegan nuevos vecinos a Poundbury. Lo cual no deja de ser curioso. ¿Qué buscan? ¿Por qué se instalan precisamente aquí y no en otro sitio? Quizá no les importe tanto la velocidad de los coches que circulan por sus calles como la de la sociedad en la que viven y su modos de vida. Tal vez vengan huyendo de lo artificial e impostado, como esos museos de arte moderno –bonitos por fuera y vacíos por dentro– que crecen como setas; o esos centros de convenciones y congresos, metidos con calzador en medio de cualquier barrio. Quizá busquen una alternativa a la idea de pasar el sábado por la tarde en un centro comercial, repleto de outlets y restaurantes de fast-food.

Es como si existiera una corriente de vuelta, de desaceleración, la búsqueda de un estilo de vida más pausado y sencillo. Una idea que casa con la moda de los cuadernos de colorear, el mindfulness, las tiendas de semillas de chía o los videos de Marie Kondo ordenando armarios.

Por supuesto, la posibilidad de la parodia habita ahí mismo, a un simple paso, en el filo de la navaja. Algunos vienen desde Londres solo para hacerse un selfie y luego subirlo a instagram como trofeo (“Mirad qué sitio más raro”). Muchos son lo que califican a este proyecto de narcisista, engreído, retrógrado o simplemente ridículo. Pero, al mismo tiempo, su mera existencia merece al menos una reflexión. Su defensa de la sostenibilidad social y su ataque al crecimiento desmesurado son argumentos más que interesantes. ¿O no?

Volvemos al coche y nos vamos de Poundbury. Por el carril izquierdo, claro.